El jazz sigue diciendo lo que el mundo no quiere escuchar...
Crónica personal desde los escenarios, los festivales y la resistencia cultural
Lo que hago aquí es una mirada crítica y personal sobre su vigencia, la apertura a las mujeres, las raíces negras y el panorama en México y sobre todo mi tierra: Toluca.
He pasado años escuchando jazz desde lugares muy distintos: desde el escenario, desde la organización de festivales, desde la gestión cultural independiente y también desde la experiencia íntima de haber formado parte de un proyecto de jazz. Y si algo he aprendido es que el jazz nunca ha sido solamente música.
El jazz es conversación, tensión, resistencia, comunidad y memoria.
Por eso cada 30 de abril, cuando llega el Día Internacional del Jazz, una fecha impulsada oficialmente por la UNESCO desde 2011 y promovida por figuras como Herbie Hancock con la intención de reconocer al jazz como una herramienta de diálogo cultural de paz, hoy en día tan de moda y "defensa" de la libertad de expresión. La celebración busca recordar que éste; logró derribar fronteras sociales, raciales y geográficas a través de la música.
Sin embargo, incluso esta conmemoración merece una mirada crítica, porque así es su origen. Y no hacerlo sería traicionarlo.
Porque celebrar el jazz desde organismos internacionales también implica preguntarse qué tanto las instituciones culturales han romantizado un género nacido desde la exclusión, la segregación racial y la resistencia negra. Existe una contradicción inevitable entre institucionalizar una música rebelde y mantener vivas las causas sociales que le dieron origen. Tanto como en todo lo que tiene que ver con el arte, pero esa es otra historia.
El jazz no apareció como una propuesta académica, ni como patrimonio elegante de conservatorio. Surgió a finales del siglo XIX y principios del XX entre comunidades afroamericanas de Nueva Orleans, en un contexto atravesado por el racismo, la pobreza, la esclavitud recién abolida y la violencia estructural contra la población negra en Estados Unidos. Sus raíces mezclan blues, spirituals, ritmos africanos, música de marcha, improvisación colectiva y memorias culturales que sobrevivieron pese a siglos de opresión.
Por eso el jazz tiene un peso histórico distinto al de otros géneros musicales.
No sólo transformó la música contemporánea: también representó una forma de resistencia cultural.
Durante décadas, el jazz acompañó movimientos sociales, luchas por los derechos civiles y discursos artísticos que enfrentaban directamente al poder.
La celebración internacional del jazz, entonces, debería ir más allá de conciertos protocolarios o festivales turísticos. Tendría que servir para recordar que gran parte de la historia moderna de la música nació desde comunidades marginadas que encontraron en la improvisación una manera de existir frente a un sistema que intentaba silenciarlas.
Y quizá ahí se encuentra el verdadero valor simbólico de esta fecha: reconocer que el jazz no pertenece únicamente a la industria cultural ni a los escenarios de prestigio, sino a una memoria colectiva de resistencia, mezcla cultural y libertad creativa.
Pero más allá de la ceremonia, vale la pena preguntarse algo incómodo:
¿qué lugar ocupa realmente el jazz en un mundo dominado por algoritmos, consumo inmediato y una industria musical obsesionada con la rentabilidad?
La respuesta quizá no sea sencilla, pero sí urgente. Porque el jazz, lejos de ser un género muerto o reservado para élites intelectuales, continúa siendo una de las expresiones artísticas más poderosas para entender el presente. El problema es que muchas veces el propio sistema cultural lo ha encerrado en espacios inaccesibles, discursos académicos o escenarios exclusivos donde se olvida su origen profundamente humano, político y rebelde. Me gustaría ubieran conocido al máster Juan Martínez Flores, dueño de una pasión para el jazz única y motivado por Fernando Naranjo para realizar festivales a nivel nacional. Fue él quién me motivó a hacer un festival de jazz en la ciudad de Toluca memorable y no solo eso también, me invitó a incursionar cantar e improvisar el jazz. Gracias en donde quiera que te encuentres!
El jazz nació desde la herida.
Nació de la comunidad negra en Estados Unidos, de la memoria esclava, de los cantos espirituales, del blues, de la segregación racial y de la necesidad de transformar el dolor en creación colectiva. No surgió para entretener salones de lujo ni festivales patrocinados por grandes marcas. Surgió como un acto de resistencia.
Por eso resulta contradictorio ver cómo en muchos espacios contemporáneos se consume el jazz como música de fondo para restaurantes elegantes o eventos de clase alta, mientras se invisibiliza la historia racial y política que lo sostiene. Celebrar el jazz sin reconocer el racismo estructural que dio origen a su existencia es convertirlo en decoración.
Sin embargo, el jazz también ha demostrado algo extraordinario: su capacidad infinita para mezclarse, transformarse y sobrevivir.
Hoy el jazz dialoga con el hip hop, la electrónica, los ritmos afrolatinos, el funk, el son jarocho, la música árabe, el flamenco, el trap e incluso con expresiones experimentales que hace décadas hubieran parecido imposibles. Esa apertura no representa una traición a su esencia; al contrario, confirma que el jazz nunca fue pureza sino mestizaje.
Quienes defienden una idea conservadora del jazz suelen olvidar que el género siempre estuvo en movimiento. Charlie Parker revolucionó el lenguaje musical de su época. Miles Davis rompió varias veces con el sonido que él mismo había construido. Nina Simone convirtió el escenario en trinchera política. John Coltrane buscó espiritualidad y libertad sonora cuando el mundo esperaba fórmulas cómodas.
El jazz auténtico jamás obedeció ni obedecerá.
Y quizá esa sea la razón por la que sigue siendo necesario.
En tiempos donde la música parece diseñada para durar quince segundos en redes sociales, el jazz todavía exige escucha, presencia y riesgo. Obliga a detenerse, sentir, improvisar incluso cuando todo alrededor exige control.
También es imposible hablar del presente del jazz sin abordar la apertura que lentamente ha tenido hacia las mujeres.
Durante décadas, la historia oficial del jazz fue contada casi exclusivamente desde figuras masculinas. Muchas mujeres quedaron reducidas al papel de cantantes mientras los espacios instrumentales, de composición y dirección permanecían dominados por hombres. La industria, la crítica y los festivales replicaron esa exclusión.
Pero algo ha comenzado a cambiar.
Hoy existen mujeres jazzistas que están transformando el panorama internacional no sólo desde la interpretación, sino desde la producción, la experimentación sonora y la gestión cultural. Aun así, la desigualdad persiste. Muchas músicas siguen enfrentando menos oportunidades, menor difusión y una constante necesidad de demostrar legitimidad en escenas donde todavía sobreviven prácticas machistas.
Lo mismo ocurre con la discusión racial. Aunque el jazz es una creación negra, gran parte de sus circuitos de legitimación global terminaron siendo apropiados por industrias y espacios culturales blancos. Reconocer esa contradicción no divide al jazz: lo hace más honesto.
Desde mi experiencia organizando eventos y conviviendo con músicos, también resulta evidente otra realidad: el jazz en México sobrevive más por necedad colectiva que por apoyo estructural.
En América Latina, y particularmente en México, el jazz vive una situación compleja.
Por un lado, existe un enorme talento musical. Las nuevas generaciones están creando propuestas arriesgadas, híbridas y profundamente conectadas con las realidades sociales del país. El jazz mexicano ya no intenta copiar a Nueva York; comienza a hablar desde sus propias heridas y territorios.
Por otro lado, el apoyo institucional sigue siendo limitado, irregular y centralizado.
La mayor parte de los espacios, festivales y oportunidades continúan concentrándose en la Ciudad de México, Guadalajara o algunas capitales culturales. En muchas ciudades, el jazz sobrevive gracias a pequeños foros independientes, colectivos autogestivos y músicos que sostienen proyectos prácticamente desde la precariedad.
Lo digo además desde una experiencia cercana a la escena local.
Toluca no es la excepción.
Aunque pocas veces aparece en el mapa nacional del jazz, la ciudad posee músicos talentosos, públicos curiosos y espacios que intentan abrir conversación cultural fuera de la lógica comercial dominante. El problema no es la ausencia de creatividad; el problema es la falta de plataformas permanentes.
En Toluca, como en muchas ciudades mexicanas, el jazz aún lucha contra varios prejuicios: que es música “difícil”, que pertenece a minorías intelectuales o que no conecta con las juventudes. Pero basta asistir a una jam session local o escuchar proyectos emergentes que mezclan jazz con ritmos latinos, funk o sonidos urbanos para entender que el género está lejos de desaparecer.
He visto músicos extraordinarios tocar frente a públicos pequeños, cargar sus propios instrumentos, gestionar sus fechas, producir sus conciertos y aun así seguir creando con una disciplina que pocas escenas musicales mantienen.
También he visto cómo muchos festivales sobreviven gracias al esfuerzo independiente, a redes de amistad y a personas que siguen creyendo que el jazz merece espacios dignos aunque muchas instituciones culturales sólo lo recuerden cada 30 de abril.
Lo que falta es voluntad cultural.
Faltan espacios públicos.
Faltan políticas culturales que entiendan que el jazz no es lujo, sino patrimonio vivo.
También falta que las universidades, los medios y las instituciones dejen de mirar al jazz como un producto de nicho y comiencen a reconocerlo como una herramienta crítica capaz de dialogar con la violencia, la desigualdad, la migración, la identidad y la memoria.
Porque el jazz, cuando es verdadero, incomoda.
Y quizá ahí radique su vigencia.
En un mundo saturado de fórmulas repetidas, el jazz todavía se atreve a improvisar.
En una época marcada por discursos de odio, el jazz continúa demostrando que distintas voces pueden coexistir dentro de una misma estructura sin anularse.
En sociedades profundamente racistas y desiguales, el jazz sigue recordando que nació precisamente de quienes fueron excluidos.
Y en ciudades como Toluca, donde muchas veces la cultura independiente resiste más de lo que florece, el jazz representa también una posibilidad de encuentro, comunidad y expresión libre.
Tal vez el futuro del jazz no esté en los grandes auditorios ni en las ceremonias internacionales.
Tal vez su verdadera fuerza siga viva en los pequeños escenarios, en las mujeres que reclaman espacio, en los músicos afrodescendientes que recuperan su historia, en las fusiones que rompen fronteras y en las ciudades periféricas donde todavía existen artistas dispuestos a tocar aunque el mercado les diga que no es rentable.
El jazz no necesita salvarse.
Necesitamos escucharlo de nuevo para salvarnos a nosotros mismos.
Porque mientras exista alguien dispuesto a improvisar frente al caos, el jazz seguirá teniendo algo urgente que decir. Seamos hacedores de jazz, más allá del género. Adoptémoslo desde una ideología de vida.
Ana Moll, arte, palabra y memoria como intervención
Comentarios
Publicar un comentario