El teatro incómodo sigue estando vigente: Pinter en tiempos de silencios locales


Hablar de “El Montaplatos” es entrar en el universo inquietante de Harold Pinter, una de las voces más incisivas del teatro del siglo XX cosa que hoy en día hace tanta falta. Escrita en 1957, en plena posguerra europea, 
la obra surge en un contexto donde la incertidumbre, la vigilancia y el absurdo cotidiano comenzaban a formar parte del lenguaje social.
No es casual: Pinter, influido por el llamado Teatro del Absurdo y por autores como Beckett, construyó una dramaturgia donde el silencio pesa tanto como la palabra.
“El Montaplatos” presenta a dos personajes atrapados en un espacio cerrado, esperando órdenes que nunca terminan de entender. La tensión crece no por lo que sucede, sino por lo que no se dice. Ese manejo del subtexto —lo que hoy llamamos“lo pinteriano”; revela relaciones del poder, miedo y obediencia ciega. Es, en el fondo, una metáfora brutal sobre sistemas que deshumanizan, sobre jerarquías invisibles y sobre la fragilidad del individuo frente a estructuras que lo superan por eso invito a que la gente vea esta obra porque tiene un parecido muy irónico a la realidad, traer esta obra hoy a escena, particularmente en una ciudad como Toluca, no es un gesto menor. Es, en sí mismo, una declaración.
El panorama teatral toluqueño vive una contradicción constante: hay talento, hay formación, hay espacios —al menos en lo institucional—, pero también hay una preocupante tibieza en la apuesta estética. Se programa mucho, sí, pero se arriesga poco. Predomina un teatro que busca agradar antes que incomodar, que prefiere la anécdota ligera antes que la reflexión incómoda. Y ahí es donde Pinter entra como un golpe seco.
Montar “El Montaplatos” hoy es recordarle al público que el teatro no está para entretener solamente, sino para tensar, cuestionar y, a veces, incomodar profundamente. Es también poner sobre la mesa una pregunta urgente: ¿qué tan dispuesto está el público local —y quienes programan— a sostener el silencio, la pausa, la incomodidad?
Porque si algo le falta al circuito teatral en Toluca no es producción, sino riesgo. Falta abrir más espacios a propuestas que no sean complacientes, que no busquen únicamente llenar butacas, sino generar pensamiento. Falta también una crítica más constante y más honesta
  —desde dentro y fuera del gremio— que deje de aplaudir por compromiso y comience a exigir por convicción.

En ese sentido, esta puesta en escena no solo dialoga con el legado de Pinter, sino con la propia realidad cultural de la ciudad. Nos coloca frente a nuestro propio “montaplatos”: ese sistema que baja órdenes invisibles sobre qué hacer, qué montar, qué decir… y qué callar.
Y quizá ahí está su mayor pertinencia. Porque, al final, el teatro que vale la pena no es el que nos confirma, sino el que nos incomoda lo suficiente como para no salir iguales de la sala.
Si se logró en la época de Beckett, que no podamos realizarlo ahora, copta la existencia misma de cualquier expresión de arte.

Arte, Palabra y Memoria como Intervención... Ana Moll.

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