CUTZAMALA, la deuda con la sociedad.


La propuesta del coordinador del GPPRI, Elías Rescala, para revisar el convenio de distribución del Sistema Cutzamala no solo reabrió el debate sobre el reparto del agua entre el Estado de México y la Ciudad de México. También exhibió el desgaste político del gobierno frente a una crisis hídrica que pasó de advertencia técnica a símbolo de improvisación, reacción tardía y falta de estrategia integral.
Porque mientras se insiste en responsabilizar al pasado, el desabasto, los tandeos y la dependencia de pipas crecieron precisamente durante los años en que el partido asumió el control tanto del gobierno federal como del Estado de México.

Desde 2023 especialistas, organismos técnicos y medios nacionales advirtieron que el Sistema Cutzamala entraba en uno de los momentos más críticos de su historia. Reportes periodísticos documentaron niveles históricamente bajos en las presas Valle de Bravo, Villa Victoria y El Bosque, mientras la Comisión Nacional del Agua aplicaba reducciones graduales en el suministro hacia el Valle de México.

Sin embargo, gran parte de la narrativa oficial apostó inicialmente por minimizar el escenario.

Mientras municipios mexiquenses comenzaban a padecer semanas enteras sin agua, algunos actores en el poder desestimaban públicamente la posibilidad de una crisis mayor y acusaban a la oposición de “generar miedo” con el llamado “Día Cero”. 

La contradicción se volvió evidente meses después, cuando las propias autoridades reconocieron que el sistema operaba en niveles de emergencia y comenzaron restricciones más severas.

Aunque oficialmente los recortes afectaban tanto a la Ciudad de México como al Estado de México, diversos reportes evidenciaron que municipios mexiquenses recibieron menos caudal que la capital. En febrero de 2024, por ejemplo, el Sistema Cutzamala enviaba menos de la mitad del agua habitual a la Comisión del Agua del Estado de México. 
El resultado fue visible en Ecatepec, Naucalpan, Nezahualcóyotl, Toluca y decenas de municipios donde aumentaron protestas vecinales, bloqueos y denuncias por distribución desigual.
Ahí es donde el discurso encontró terreno fértil.
La narrativa de comenzó a posicionar una idea políticamente poderosa: que el Estado de México pone el territorio, las presas y la captación, pero sigue siendo relegado frente a las prioridades de la capital.

Más allá de la sequía y del cambio climático, lo que terminó agravando la percepción social fue la manera en que el gobierno morenista administró políticamente la crisis.
Primero negando el tamaño del problema.
Después reaccionando con medidas emergentes.
Y finalmente trasladando responsabilidades al pasado sin ofrecer soluciones estructurales inmediatas.
Incluso dentro del debate nacional comenzaron críticas por los recortes presupuestales en áreas estratégicas de infraestructura hidráulica y mantenimiento de Conagua.

Mientras tanto, especialistas insistían en que el verdadero problema no era solamente la falta de lluvias, sino décadas de abandono técnico, fugas masivas y ausencia de planeación metropolitana. 

Pero el gobierno se quedó atrapado en otra contradicción: llegó prometiendo transformación y terminó administrando la crisis con las mismas respuestas reactivas que criticó durante años.

El reclamo de Elías Rescala también favorece políticamente al PRI en un momento donde el partido busca reconstruirse tras perder el gobierno mexiquense.
La crisis del agua le permitió recuperar un discurso regionalista que durante años había permanecido contenido mientras gobernaban tanto el Estado de México como la Presidencia de la República.
Ahora, fuera del poder estatal, el priismo encontró un nuevo enemigo político: la centralización morenista y el manejo federal del agua.
Y aunque el PRI carga con responsabilidad histórica en el deterioro hidráulico del Valle de México, la realidad es que Morena tampoco logró construir una narrativa sólida de control o eficiencia frente a la emergencia.
Por el contrario, la crisis dejó imágenes políticamente devastadoras: colonias enteras dependiendo de pipas, almacenamiento improvisado, escuelas sin agua y familias enteras viviendo semanas bajo tandeos.

Y es ahí en donde el problema dejó de ser únicamente técnico.
Hoy el Cutzamala es también un símbolo del desgaste institucional del actual gobierno en uno de los temas más sensibles para la población: el acceso al agua.
Las propias declaraciones de funcionarios terminaron alimentando la percepción de improvisación. Mientras algunos aseguraban que “el suministro estaba garantizado”, las cifras oficiales mostraban desplomes históricos en el almacenamiento del sistema. 
Incluso especialistas comenzaron a advertir que el modelo hidráulico metropolitano está prácticamente rebasado y que el Cutzamala opera bajo estrés permanente. 
La propuesta de Rescala probablemente no resolverá por sí sola la crisis estructural del agua en el Valle de México.
Pero sí evidencia algo políticamente delicado para Morena: la ciudadanía comenzó a asociar el desabasto no solo con una herencia histórica, sino con errores actuales de operación, comunicación y respuesta gubernamental.
Porque cuando una crisis anunciada termina sorprendiendo al gobierno, el problema ya no es únicamente climático.
Es ahí donde esta crisis se convierte en una bandera al mejor postor pero ojalá no solo quede en eso, si no en quien tome la bandera es una lucha que llevará consigo a cuestas cueste lo que cuesta y pese a quién le pese.
También es político.




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