Toluca y la Colonia Independencia: cuando defender un hogar también se vuelve una lucha política.


Por: Ana Moll; arte palabra y memoria como intervención. Toluca, Estado de México.

Lo que hoy ocurre en la Colonia Independencia, en Toluca, va mucho más allá de un conflicto por unas bodegas industriales o un cambio de uso de suelo. En las calles, entre vecinos que llevan décadas viviendo ahí, crece una sensación de incertidumbre, enojo y cansancio ante decisiones que aseguran fueron tomadas sin escuchar realmente a la comunidad.

Para muchas familias, esta no es solamente una discusión política. Es el temor de perder la tranquilidad de su entorno, los espacios que consideran parte de su identidad y la sensación de que las autoridades solo escuchan cuando la protesta favorece sus propios intereses.

Con el paso de los días, el conflicto también ha despertado algo más profundo: una conversación incómoda sobre la forma en que el poder responde a quienes cuestionan sus decisiones.

El Ayuntamiento de Toluca, encabezado por Ricardo Moreno Bastida, ha señalado que detrás de las manifestaciones existe una intención política. Sin embargo, vecinos y ciudadanos insisten en que la inconformidad nació de manera orgánica, impulsada por el miedo al impacto urbano, ambiental y social que podría traer el proyecto.

La percepción de muchos habitantes es que hoy las protestas ciudadanas reciben un trato distinto dependiendo de quién las encabece. Cuando las movilizaciones respaldan causas alineadas con el poder, suelen reconocerse como expresiones legítimas del pueblo. Pero cuando el reclamo nace desde colonias, colectivos culturales o ciudadanos organizados, rápidamente aparecen señalamientos de manipulación política o intereses ocultos.

Ese sentimiento no solo existe en Toluca. En distintas partes del país se repite una misma conversación: ciudadanos que sienten que las voces críticas son minimizadas, desacreditadas o ignoradas.

Ahí están las marchas de la llamada “Marea Rosa”, los reclamos de madres buscadoras o las protestas de colectivos culturales y vecinales que, más allá de las diferencias ideológicas, coinciden en algo: la sensación de que disentir se ha vuelto incómodo para quienes hoy gobiernan.

Paradójicamente, muchos recuerdan que varios de los grupos políticos que actualmente están en el poder construyeron durante años su identidad precisamente desde la protesta social, los plantones y la resistencia callejera. Lo que antes se defendía como un derecho legítimo frente al abuso del Estado, hoy parece ser señalado como obstrucción o confrontación cuando el reclamo apunta hacia el propio gobierno.

El caso de la octava regidora Shantall Zepeda terminó por aumentar la tensión. Tras respaldar públicamente algunas de las demandas relacionadas con el conflicto, denunció amenazas y violencia política de género, abriendo un debate aún más delicado sobre el costo político de disentir dentro de las propias instituciones.

En medio de todo esto, los vecinos de la Colonia Independencia continúan resistiendo. Algunos con pancartas, otros con reuniones comunitarias y muchos simplemente intentando que su voz sea escuchada antes de que las decisiones se vuelvan irreversibles.

Porque al final, para quienes viven ahí, esta lucha no se trata únicamente de política. Se trata de su colonia, de su historia y del derecho a participar en el futuro del lugar donde viven.

Y ojo con esta nota No pretendo satanizar a ninguno de los bandos. 

Solo la invitación a que las acciones políticas; una u otra no sigan polarizando hoy en día la opinión de los ciudadanos y la decepción de los mismos a cualquier manifestación política, inclusive ciudadana.

Creo que es una oportunidad de oro, para que todos los actores políticos cumplan con eso, el actuar de manera inteligente y estratégica por el bien de la sociedad y no seguir fomentando discursos de odio o división en su caso.


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