Hay una lectura equivocada en creer que la perversidad de la política mexicana habita únicamente en los cóncavos salones de las cúpulas partidistas. Si bien los dirigentes nacionales y estatales abren las puertas a los tránsfugas con visa permanente para el presupuesto como vimos recientemente con el salto de Evelyn Osornio del PRI al PAN y su arraigado linaje de poder en Toluca, el verdadero calvario de quien aspira a construir algo genuino muchas veces no viene de arriba, sino del fuego amigo de abajo.
A ras de suelo, en la militancia de pie, opera una maquinaria de supervivencia igual o más feroz. El problema crónico que aleja a muchos convencidos de partidos como el PRI o el PAN no es solo la cúpula que negocia candidaturas en lo oscurito, sino la fauna local: esos operadores de partido que llevan lustros atrincherados en pequeños cotos de poder territorial y que perciben cualquier liderazgo fresco o auténtico como una amenaza directa a su cuota de supervivencia.
A pequeña escala, las prácticas de bloqueo son cotidianas y mezquinas. Cuando un ciudadano o un cuadro con trabajo social real levanta la mano, se activa un sistema implacable de zancadillas perpetrado por los propios correligionarios de a pie. Se le margina, se le desacredita en los pasillos, se le niega el acceso a la información y se le bloquea el paso para evitar que alguien con talento o arraigo legítimo desplace a quienes llevan años viviendo del cargo o de la simulación de hacer política.
Ese es el verdadero desgaste que ahoga a los partidos. No solo es que las élites reciclen a los mismos apellidos de siempre, sino que la base militante, contagiada de un pragmatismo de supervivencia, termina reproduciendo las mismas mañas: vetar al que viene empujando fuerte, cuidar el metro cuadrado de influencia y cerrar el paso a los liderazgos que sí caminan las delegaciones y barrios.
Al final, este fuego amigo de la base y la puerta giratoria de las cúpulas terminan por vaciar de sentido cualquier discurso opositor. Si los partidos tradicionales no entienden que el freno al relevo generacional y a la justicia interna no viene solo de arriba, sino de los pequeños cacicazgos locales que operan a pie de calle, seguirán perdiendo la brújula, condenados a administrar escombros con los mismos rostros de siempre.
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